viernes, 5 de agosto de 2011

LA REINA DE LOS SAPOS






Inesperadas presencias sorprenden
en el laberinto translúcido.
Lo son de vario tipo y género,
cuando ante ti aparecen.



Te maravilla sobremanera el observar
los sapos y sus modos indisciplinados
en su caminar uno tras otro en agitada fila
croando, saltando y riendo a su modo
con esa ironía típica de los sapos laberínticos.




Porque nadie puede imaginar como son sabios.
No son sapos cualquiera del grupo batrácico,
esos frecuentadores del laberinto cristalino que
ante ti ceden galantes el paso y se quitan el sombrero.



Y qué decir del secreto salón del trono
reservado a la reina de los sapos,
a quien todos rinden vasallaje
porque solo ella es conocedora del camino.



En su salón dorado te obsequia
con su sonrisa torcida bajo una corona
reluciente de brillantes, oro y plata
que orna la cabeza de la soberana batrácica.




Sorprende el tamaño de sus joyas,
corona, pendientes, sortijas y pulseras
que cubren su cuerpo blando y rechoncho
el cual se hincha y deshincha al respirar.




Sus ojos son dos hendiduras donde asoman
pequeñas pupilas relampagueantes
que, como puñales, se te clavan
cuando te brinda su sonrisa helada
después de la espera ansiosa en la anticámera.




Nadie duda de su autoridad
en las galerías del reino de los sapos,
y si te cruzas con ella en el laberinto
deberás reverenciarla.




Tributo de oro le brindarás
besando su mano enjoyada,
porque con su sabiduría milenaria
solo ella del laberinto indica la salida.




Solo la reina de los sapos conoce el camino
solo ella los pasadizos de cristal,
nadie se opone a su voluntad
ni escapa a su baboso veneno
ni contraría su voluntad.



Pasarán todos los tiempos
todos los tiempos pasarán
y en el laberinto translúcido,
miles de pasadizos recorrerás
sin encontrar la secreta puerta.



Puedes toparte con extrañas criaturas perdidas
entre gritos, llantos y súplicas
pero solo con la reina de los sapos
encontrarás la salida y sobrevivirás.




Nadie sabe cuanto puede ser misterioso
el laberinto translúcido
engañoso como el oro y la plata
pero barro escurridizo en lo real.




Me niego a rendir homenaje al ser baboso.
Saltan rabiosos todos los sapos,
la reina y todos ellos al unísono gritan
!Al barrizal! !Al barrizal!

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