viernes, 9 de septiembre de 2011

OLOR A CHOCOLATE






El verano se va diluyendo con languidez,
los patos de la charca y las golondrinas emigran,
y así las ventanas muestran un atardecer
con la playa grande vacía y sin vida.




Quedan las gaviotas que retoman posesión
del arenal vacío, huérfano de gritos infantiles.
Todas juntas miran estáticas hacia el sol que se oculta
oyéndose solo sus graznidos y el rumor de la mar.




Ya ni las golondrinas se refugian en mi baranda
en éstos días de fina lluvia de septiembre
en que los niños marcharon de la casona veraniega,
y de ellos quedó un vago olor a chocolate.




Guardadas en los armarios las toallas multicolores,
y los juguetes tirados en cualquier lugar,
camino por la orilla dejando las huellas
que como en la vida, borrará la mar.




Y de éstos días pasados quedarán
guardados en la caja de mi memoria
los gritos de niños, las gaviotas volando raudas,
manos infantiles con olor a helado de chocolate.




Cuando vuelvo a la casa reinan ya las sombras
y voy una a una cerrando las ventanas,
tras ellas se ocultará a mis ojos la luna,
y la mar nocturna convertida en plata.

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